Volaba muy alto, cada vez más, dejando atrás el suelo, a la gente. Era el objeto más ligero del mundo y a la vez el más pesado. Alguien había pintado sobre él una sonrisa que le convertía en un globo feliz. Se sentía orgulloso de su color rojo pues sabía que todo el mundo le contemplaba. Le gustaba pasear por los caminos imaginarios del cielo pues allí nunca había nadie y, aunque sabía que solo tenía derecho a un único viaje, ese iba a ser muy especial.
Sobrevoló parques en los que niños pequeños jugaban sin pensar en el mañana, pues el día de hoy ya era lo bastante largo. Vio a ancianos pasear de la mano, llenos de recuerdos felices y supo que ellos tampoco veían más allá de un presente, ya de por sí, incierto. Observó a mujeres y hombres hablar mientras se alejaba, contempló primeros besos robados entre los árboles, se perdió en el tráfico de una gran ciudad.
Notó el calor del sol mientras se elevaba y supo que muy pronto solo sería un pedazo de goma que, tal vez, nunca llegara al suelo. Le dieron ganas de girar aquella sonrisa pintada y convertirla en una mueca de tristeza pero entonces recordó su misión. Había sido concebido para curar heridas, para hacer feliz a otros y esa era ahora su propia ilusión, lo que le mantenía inflado.
Flotó durante varios días mientras veía como los niños, emocionados, lo señalaban desde el suelo, llamando la atención de sus amigos y padres. Le gustaba lo que contemplaba durante el día y las noches cada vez le daban menos miedo. La gente le sorprendía a diario, parecían egoístas y despreocupados pero no dudaban en tender la mano al resto cuando era necesario.
Desde la tierra alguien le observaba alejarse mientras se despedía con la mano. A ella le había costado mucho tiempo llegar a aquel lugar pero lo había conseguido, ahora era feliz. Aquel globo rojo se llevaba todo lo que había supuesto una carga esos últimos meses. Después de aquella gran limpieza había decidido que solo se quedaría lo mejor. Ella también tenía una sonrisa en su cara pero la suya no estaba pintada, provenía de lo más profundo de su corazón.
Poco a poco, el globo se fue alejando del lugar del que había partido y llegó a un espacio precioso, lleno de verdes árboles cuyas raíces estaban adornadas con flores. Escuchó el fluir del agua y vio un rio de aguas transparentes. Entonces lo supo, allí debía acabar su viaje, ese era el sitio elegido y, entonces, explotó.
La goma roja cayó al suelo a gran velocidad con los restos de la sonrisa aún pintada. Mientras, un trozo de papel llegó al rio. La tinta que había formado palabras ayer, ahora se había convertido en un borrón. El agua eliminó todo aquello que alguien había escrito para ser llevado lejos. El globo había cumplido su misión, ahora todos eran un poco más felices.
Desde algún lugar la chica sonrió porque sabía que ya no estaba sola, que igual que había compartido sus preocupaciones con aquel globo rojo podía hacerlo ahora con los que tenía más cerca. Sonrió pensando en el globo sonriente y supo que ahora todo iba a ir bien.
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