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martes, 3 de abril de 2012

El naufrago

Como un barco a la deriva dejó que el viento guiara su camino. Se puso al servicio del movimiento de las olas confiando que éstas le llevaran rumbo a tierra firme. La única brújula que conocía era el sol, y las estrellas y la luna se convirtieron en su mapa.

Pasó horas construyendo un castillo de naipes y luego sopló con todas sus fuerzas hasta que no quedó una sola carta en pie. Se sentó en la cubierta de aquel barco a contemplar el reloj marcar las horas, vio a los peces nadar y a los pájaros volar, contempló como el sol se ponía y volvió a verle aparecer en el horizonte.

Toda su tripulación se montó en los botes y le abandonó en busca de una salvación. Él, como siempre, contestó que lo sentía, nada más. Allí se quedó solo, aislado por el miedo a querer, por temor a equivocarse, por el terror de buscar y encontrar. No quiso frenar su cabeza cuando ésta no dejaba de girar en todas las direcciones y al final todo su ser se salió del eje.

Cada día la barba le crecía un poco más y, entre su pelo, despuntaban las primeras canas. Marcas del tiempo, un tiempo que no le aportaba experiencia sino minutos. Su sonrisa se ocultó entre las arrugas que cubrieron su rostro. Sus ojos se vaciaron de todo lo que un día contuvieron. No se reconocía amor o amistad en ellos, no había miedo a la muerte porque, como ya le advirtieron los que un día le quisieron, había elegido perecer entre un corazón que aún latía.

La iniciativa de los buenos tiempos fue sustituida por la pasividad de su último viaje. Se contestaba con un "no sé, ya veré" a todas las preguntas que su conciencia aún le formulaba. Comenzó a creer en un destino que le había castigado por quién sabe qué y asumió que merecía estar solo.

Y esa voz en su cabeza gritaba, saltaba, le golpeaba hasta en el estómago en un esfuerzo por hacerle despertar. Él sabía muy bien quién era y qué quería pero prefirió silenciarla, volverla muda, no recordar los momentos felices que le había hecho pasar. Una  lágrima rodó por sus mejillas, último resto de la vida que ya había perdido definitivamente.

 Nadie sabe qué fue de aquel naufrago de la vida. En todos los puertos le esperaban con los brazos abiertos pero a ninguno llegó. Paso el resto de sus años consumido en sus recuerdos de buenos momentos, compadeciéndose por no haber podido retener a la gente cerca. Y justo en sus últimos instantes lo vio todo claro: la indecisión le había impedido vivir.

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