Las luces de Madrid alumbran el paso del autobús. Las calles
parecen abrirse ante mí como grandes fauces que se preparan para tragarme junto
a la multitud que me rodea. Cada paso que doy hacia adelante siento que voy
dejando una parte de mi vida justo detrás, abandonada sin piedad.
Contemplo lo que me rodea y pienso en cómo han cambiado
aquellos lugares en los últimos tiempos: un parque que nunca estuvo allí ahora
brilla bajo la luz de la luna, un árbol que lucha por crecer entre compañeros
más antiguos, un bar que cerró, una tienda que lo sustituyó. Algunas casas cuyas
ventanas lucían mostrando la vida que albergaban, ahora enseñan las persianas
bajadas que se llenan de polvo.
Empieza a llover; es curioso cómo han cambiado tantas cosas
en tan poco tiempo y, a la vez, todo sigue igual. Los pasos que he dado me han
llevado al mismo lugar del principio. Las lágrimas que recorren mis mejillas
hoy, son igual de amargas que las de ayer. Aunque el tiempo pasa y la gente cambia,
el dolor sigue clavándose en mi corazón como ya lo hizo en otro momento.
Añorar y echar de menos son expresiones que llenan hoy mis
diálogos por los que se fueron o por los que desaparecen a su antojo. El verbo
querer ha cobrado otro significado para mí, a veces doloroso, otras, en cambio,
muy complaciente. Descubrir que un te quiero no sale de unos labios medio
abiertos sino que es un disparo del propio corazón. Aprender que se puede amar
a alguien que no te quiere y que la palabra reciprocidad es la que más alivio
aporta.
Estiro la mano hacia una flor y rozo una gota de agua que,
inmediatamente, emprende su descenso hacia el suelo. En este tiempo he
descubierto que la cera de una vela puede derretirse y caer pero que la mecha
no se apaga si se la protege del viento y el agua. Ella ha decidido añadir una
carga más a sus espaldas y cuidar de que mi llama no se apague como el farero
que vigila su luz para que los barcos no encallen.
En este tiempo el verde dejó de ser un color para
convertirse en una mirada, el jueves fue el nuevo viernes y el día acababa con
una caricia. Las sonrisas se convirtieron en la gasolina que mi motor
necesitaba y los abrazos en el mayor de los consuelos. Los besos dejaron de ser
sueños para convertirse en realidad. Las tramas cinematográficas abandonaron
las películas para instalarse en mi realidad.
Ahora me doy cuenta de cuánto ha cambiado todo. Lo que creía
cierto ahora es una nube de incertidumbre gris que flota sobre mis mañanas y
noches. Lo que consideraba imposible llena mi día a día entre miradas de
incredulidad. El resto, ahí sigue, en el mismo sitio donde lo dejé.
Ahora me doy cuenta de qué poco di y cuánto recibí y una
última lágrima, rezagada, cruza mi rostro. Dejé de estar mucho antes de irme,
abandoné por miedo, me desperté para no soñar y lloré por no sonreír. Me aferré
a una ilusión y vi como se deshacía, empujándome al vacío. Sí, las cosas han cambiado
y seguirán haciéndolo, puedo acomodarme a su ritmo y jugar a su juego o permanecer
quieta, esperando que me cambien a mí. En cualquier caso, es hora de volver a
casa.
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