Había vivido toda su vida sin tener algo así cerca, sin que
el corazón amenazara con salirse del pecho cada vez que se acercaba. Nunca
nadie había hecho que se la olvidara respirar, que las lágrimas se convirtiesen
en sonrisas antes de salir de sus ojos, que deseara con tanta fuerza que los
sueños se convirtiesen en realidad.
Era como llevar una vida sin probar el chocolate, sin
echarlo de menos pues lo desconocido no se añora. Pero, es suficiente con
tomarlo una vez para desear volver a hacerlo, aunque nos resulte desagradable
al paladar. Una vez que algo entra en nuestra vida, al desaparecer se crea un
vacío que no se llena con otros dulces.
Ella adoraba el
chocolate y le adoraba a él y lo hizo desde el primer momento que ambos
aparecieron en su vida. Ahora que sabía lo que era tenerle cerca, le resultaba
mucho más complicado dejarlo ir pero lo hizo y el vacío se creó. El hueco donde
antes estaba su corazón se vació, las sonrisas sinceras se convirtieron en
dibujos de lo que un día fueron y las palabras insulsas pero cordiales llenaron
sus discursos.
En seguida descubrió que no podía llenar ese hueco con
ningún sustituto. Podía intentar engañarse y continuar como si nada con la vida
que había tenido antes. Podía pasarse las noches gritando en sueños para que volviese
y él nunca lo haría porque jamás estuvo. Alargaría la mano para rozar una vez
más su cara y, al acercarse, descubriría que allí no hay nadie.
Una vez más estaba sola por elección, porque jugó sus cartas
sabiendo que no iba a ganar. Hizo caso a su corazón y eligió, pero no siempre
las decisiones que tomamos son las correctas y, mucho menos, nos hacen felices.
Ella decidió no engañarse y ahora estaba tranquila, triste, pero en paz.
Y, a pesar de todo, no se rindió. Había perdido la primera
mano de aquel juego, pero todavía quedaban cartas que repartir. Las suyas no
eran las mejores, pero le permitían seguir jugando esa última partida en
aquella mesa. Después, pasase lo que pasase, se levantaría y se iría con la
cabeza muy alta porque nunca renunció.
Mientras él, que había tenido todas las posibilidades de
ganar y había decidido no jugar en ninguna mesa. Prefería ver su vida pasar
desde fuera, sin atreverse a sujetarla y vivirla según sus decisiones. Era más
fácil no implicarse. Él la había acompañado hasta el trampolín para saltar con
ella y que no tuviese miedo y, cuando estaban allí, la había empujado al agua y
él había huido por el mismo miedo que antes había tenido ella. Gracias a él
ella había saltado y ahora no existía ningún temor, podía vivir sola y lo
sabía.
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