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lunes, 23 de abril de 2012

Hasta dentro de un rato...


Había vivido toda su vida sin tener algo así cerca, sin que el corazón amenazara con salirse del pecho cada vez que se acercaba. Nunca nadie había hecho que se la olvidara respirar, que las lágrimas se convirtiesen en sonrisas antes de salir de sus ojos, que deseara con tanta fuerza que los sueños se convirtiesen en realidad.

Era como llevar una vida sin probar el chocolate, sin echarlo de menos pues lo desconocido no se añora. Pero, es suficiente con tomarlo una vez para desear volver a hacerlo, aunque nos resulte desagradable al paladar. Una vez que algo entra en nuestra vida, al desaparecer se crea un vacío que no se llena con otros dulces.

 Ella adoraba el chocolate y le adoraba a él y lo hizo desde el primer momento que ambos aparecieron en su vida. Ahora que sabía lo que era tenerle cerca, le resultaba mucho más complicado dejarlo ir pero lo hizo y el vacío se creó. El hueco donde antes estaba su corazón se vació, las sonrisas sinceras se convirtieron en dibujos de lo que un día fueron y las palabras insulsas pero cordiales llenaron sus discursos.

En seguida descubrió que no podía llenar ese hueco con ningún sustituto. Podía intentar engañarse y continuar como si nada con la vida que había tenido antes. Podía pasarse las noches gritando en sueños para que volviese y él nunca lo haría porque jamás estuvo. Alargaría la mano para rozar una vez más su cara y, al acercarse, descubriría que allí no hay nadie.

Una vez más estaba sola por elección, porque jugó sus cartas sabiendo que no iba a ganar. Hizo caso a su corazón y eligió, pero no siempre las decisiones que tomamos son las correctas y, mucho menos, nos hacen felices. Ella decidió no engañarse y ahora estaba tranquila, triste, pero en paz.

Y, a pesar de todo, no se rindió. Había perdido la primera mano de aquel juego, pero todavía quedaban cartas que repartir. Las suyas no eran las mejores, pero le permitían seguir jugando esa última partida en aquella mesa. Después, pasase lo que pasase, se levantaría y se iría con la cabeza muy alta porque nunca renunció.

Mientras él, que había tenido todas las posibilidades de ganar y había decidido no jugar en ninguna mesa. Prefería ver su vida pasar desde fuera, sin atreverse a sujetarla y vivirla según sus decisiones. Era más fácil no implicarse. Él la había acompañado hasta el trampolín para saltar con ella y que no tuviese miedo y, cuando estaban allí, la había empujado al agua y él había huido por el mismo miedo que antes había tenido ella. Gracias a él ella había saltado y ahora no existía ningún temor, podía vivir sola y lo sabía.

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