Pasamos por la vida equivocándonos,
por ello he llegado a pensar que ese es el verdadero sentido de la vida:
cagarla. Una y otra vez, con nuestra familia y amigos, metemos la pata y
pedimos perdón, una y otra vez hacemos daño a los que más queremos y, por
supuesto, a nosotros mismos. La única cosa que hacemos, quizá, al mismo nivel
que fastidiarla es despedirnos.
Cada día cuando nos vamos a
dormir decimos adiós, cuando terminamos una conversación, cuando vamos a
dormir. Necesitamos poner puntos en la vida, como nos enseñaron a hacer con los
textos en el colegio. Pero esas despedidas esconden mucho más. A veces, significan
"márchate", otras "se acabó para siempre" y, las menos,
"no dejes que me vaya".
La última imagen que nos queda de
una persona es la que tenía en el momento de la despedida. Es curiosa la manera
en la que podemos recordar su ropa, su peinado y, por supuesto, sus gestos y
miradas. Las últimas palabras que se cruzan significan más que todas las
conversaciones, esos abrazos de despedida dicen más que todos los que nos
acompañaron durante meses y las lágrimas
que ahogan nuestros corazones expresan más que todas las palabras de
gratificación y perdón posibles.
En esencia, todo forma parte de
eso: equivocarse y despedirse. Meter la pata y aprender a solucionar los
errores e intentar obtener experiencia con ello. Despedirse es posible porque se ha conocido, se ha
compartido, se ha vivido algo digno de terminar. El consuelo está en que,
posiblemente, hay otra cosa que hacemos tanto como errar y decir adiós:
respirar.
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