Desde allí arriba se veía todo
mucho más claro. Avanzaba al mismo ritmo que el tiempo, algo que no hacía desde
hacía mucho tiempo, se había quedado anclada en ese segundo en el que
retroceder duele y dar un paso al frente lo hace aún más. La noche se cernía
sobre ella indicando, por fin, el final de un día que había durado demasiado.
No tenía sueño, todavía no era el
momento de rendirse ante Morfeo, era necesario dar algunas explicaciones más. Llevaba
demasiado tiempo rindiéndose antes de jugar, perdiendo por no atreverse a
ganar, sin amar por miedo a volver a sufrir. Allí, cuando todo el mundo se
había acostado, ella comenzaba a despertar.
Le habían contado que si te
alejas lo suficiente de lo que te hace infeliz acabas olvidándolo. Ella se
alejó tanto como pudo, eliminó sus recuerdos, cortó todo tipo de contacto y, en
efecto, consiguió deshacerse de ese sufrimiento. Pero, nadie le había avisado
de que, al volver, el dolor lo hace contigo y que, en ese momento, no hay
distancia que lo cure.
Ahora sabía que nunca lo olvidaría,
por mucho que se alejase o por mucho tiempo que pasase, había sido una parte
demasiado importante en su vida y no podía, ni quería deshacerse de ella. Los
recuerdos eran bonitos, tanto que corrían por sus ojos en forma de polvo de
hadas, camino de la tierra que había bajo sus pies.
Las estrellas brillaban a su
alrededor en el firmamento y ella, por fin, se unió a esos astros que tanto
velaron por ella. Quizá en la tierra no encontrase su sitio, pero en el cielo siempre
hacían falta estrellas. Así se fue, dejando tras ella un brillante rastro,
fugaz y breve, pero cargado de centenares de deseos. Desde la tierra, él alzó
la vista al cielo y, al ver un astro correr, soñó con reunirse un día con ella
y así, después de todo, tener el final que ambos merecían.
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