-¿Podías?
- Podía, es más, estaba al
alcance de mi mano, tan cerca que si abría mi mano lo hubiese tocado,
acariciado y con un poco más de esfuerzo, quizá, capturado.
-Hablas como si se hubiera
escapado.
-Así fue. Llegó a mi lado, estuvo
unos instantes y luego se fue. Voló muy alto y se perdió en el cielo para no
volver más.
-Y, ¿por qué lo dejaste escapar?
-Porque así tenía que ser. No
podía retenerlo. Los mejores momentos llegan, nos sorprenden, nos hacen reír y,
a veces, hasta llorar, nos enloquecen un tiempo y, tal como llegaron,
desaparecen sin despedirse. Y nosotros nos quedamos con cara de tontos,
pensativos y preguntándonos si podíamos haber hecho algo para estirar ese instante
de felicidad. Algunas personas asumen antes que otras que no son superhéroes y
que, como seres humanos, no pueden detener el tiempo, ni hacerlo avanzar y,
mucho menos, repetirlo.
-¿Tú descubriste que no tenías
superpoderes?
-Ojalá. Yo fui de esas que se
quedó con cara de tonta eternamente, regocijándose en la idea de poder luchar
contra el destino. Durante mucho tiempo pensé qué hubiera pasado si hubiese abierto
la mano para acariciarlo. Puede ser que jamás partiese pero, ¿de qué sirve
retener algo que no quiere quedarse? La vida es especial por breve, por intensa
y porque es capaz de crear recuerdos eternos.
-¿Y ahora?
-Presente. Aumenté la capacidad
de mi memoria, abrí mi mano para acariciar a aquellos que estuvieron lo
bastante cerca y, cuando creí que algo merecía la pena, estiré los dedos y lo
alcancé, sin volver a cerrarlos, sin retenerlo, solo me permití tocarlo. De vez
en cuando, alguno se quedó y se instaló junto a mí para hacerme feliz, otros se
convirtieron en sonrisas en blanco y negro que, aún hoy, vienen a mi cabeza
cuando estoy triste. Y ahora, como tú dices, solo puedo abrir la mano para rozar tu nariz
mientras te vas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario