-->

viernes, 1 de febrero de 2013

El columpio


El columpio se balanceaba arriba y abajo una y otra vez. Su pelo ondeaba ligeramente en el poco viento que soplaba. El abrigo caía sobre sus hombros como si de una muñeca destartalada se tratase. Estaba paralizada, inerte y, ni siquiera se percibía el ligero movimiento de sus piernas para columpiarse.

En su cabeza resonaban sus últimas palabras: "La gente normal cambia, no se detiene a jugar con muñecas eternamente. Crecemos, nos equivocamos, conocemos gente y nos hacen daño. Pero eso es la vida, de eso se aprende y tú has decidido no vivirla". Cambiar, equivocarse, conocer… eran verbos que para ella habían perdido el sentido hacía mucho tiempo. Ahora, ella era más de sustantivos, porque no la obligaban a actuar y permanecían en el tiempo, como la "tristeza" y el "olvido" que, en ese tiempo, llenaban sus días.

"Todos tenemos derecho a soñar y luchar por cumplir nuestros sueños. A veces infligimos dolor a los que nos rodean, pero no lo hacemos queriendo y eso hace que se solucione. Para eso están las reconciliaciones. No hay nada tan complicado que no encuentre solución en el gesto o la palabra adecuadas". "Dolor", podía añadirlo a su lista de nombres junto con "lágrimas" como las que surcaban sus mejillas.

El columpio continuaba su travesía hacia el cielo consciente de que jamás lo alcanzaría. "No puedes amar, odiar, ni sentir. Te estancaste en una página de un libro y no eres capaz de continuar". Quizá él tuviera razón en esto último, pero, sin duda, ella había amado y de una manera tan fuerte que dolía. Su problema siempre fue la demostración: era incapaz de hablar cuando los sentimientos anudaban las palabras en su garganta impidiéndolas salir y los gestos tampoco habían sido nunca su fuerte.

"Adiós", esas habían sido sus últimas palabras y, aún cuando ella sabía que, de no decir nada, él se marcharía, permaneció en silencio, observando como él se alejaba. Porque los finales felices no eran para la gente real, el príncipe no aparecía cabalgando sobre un caballo blanco, sino que desaparecía en un coche de segunda mano. El columpio se detuvo, por fin. Él había pasado página por ella, revelando el final del cuento que citaba en letra morada: "y, una vez más, no fueron felices ni comieron perdices".

No hay comentarios:

Publicar un comentario