El columpio se balanceaba arriba
y abajo una y otra vez. Su pelo ondeaba ligeramente en el poco viento que
soplaba. El abrigo caía sobre sus hombros como si de una muñeca destartalada se
tratase. Estaba paralizada, inerte y, ni siquiera se percibía el ligero
movimiento de sus piernas para columpiarse.
En su cabeza resonaban sus
últimas palabras: "La gente normal cambia, no se detiene a jugar con
muñecas eternamente. Crecemos, nos equivocamos, conocemos gente y nos hacen
daño. Pero eso es la vida, de eso se aprende y tú has decidido no vivirla".
Cambiar, equivocarse, conocer… eran verbos que para ella habían perdido el
sentido hacía mucho tiempo. Ahora, ella era más de sustantivos, porque no la
obligaban a actuar y permanecían en el tiempo, como la "tristeza" y
el "olvido" que, en ese tiempo, llenaban sus días.
"Todos tenemos derecho a
soñar y luchar por cumplir nuestros sueños. A veces infligimos dolor a los que
nos rodean, pero no lo hacemos queriendo y eso hace que se solucione. Para eso
están las reconciliaciones. No hay nada tan complicado que no encuentre
solución en el gesto o la palabra adecuadas". "Dolor", podía
añadirlo a su lista de nombres junto con "lágrimas" como las que surcaban
sus mejillas.
El columpio continuaba su
travesía hacia el cielo consciente de que jamás lo alcanzaría. "No puedes
amar, odiar, ni sentir. Te estancaste en una página de un libro y no eres capaz
de continuar". Quizá él tuviera razón en esto último, pero, sin duda, ella
había amado y de una manera tan fuerte que dolía. Su problema siempre fue la
demostración: era incapaz de hablar cuando los sentimientos anudaban las
palabras en su garganta impidiéndolas salir y los gestos tampoco habían sido
nunca su fuerte.
"Adiós", esas habían
sido sus últimas palabras y, aún cuando ella sabía que, de no decir nada, él se
marcharía, permaneció en silencio, observando como él se alejaba. Porque los
finales felices no eran para la gente real, el príncipe no aparecía cabalgando
sobre un caballo blanco, sino que desaparecía en un coche de segunda mano. El
columpio se detuvo, por fin. Él había pasado página por ella, revelando el
final del cuento que citaba en letra morada: "y, una vez más, no fueron
felices ni comieron perdices".
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