Te he visto reír, te he visto
llorar, he estado contigo cuando todos se habían ido. He cogido tu mano para
evitar tus tropiezos, la he apretado fuerte para darte fuerzas. Te he mirado
directamente a los ojos y he traspasado con ellos todas tus fronteras. Me he
sentado a aguardarte en tu corazón con la esperanza de que un día pasaras por
allí.
Corrimos juntos mil carreras,
soportamos tormentas que mojaron nuestros cabellos. Sentimos vértigo al
ascender montañas y nos faltó el aire al hundirnos bajo el mar. Nos sentamos en
silencio y jamás éste fue incomodo. Paseamos
por la playa escribiendo mil discursos en la arena, lanzando cien promesas
hacia el viento. A veces, nos detuvimos a contemplar el tiempo pasar para unirnos,
de nuevo, a él unos minutos después.
Crecimos unidos, ubicamos el
mundo en su lugar correcto, dimos a cada persona el peso que merecía. Nos
caímos juntos y nos levantamos apoyándonos el uno en el otro. Nunca fingimos,
nunca mentimos, no hacía falta, todo tenía sentido cuando estábamos cerca. Hubo
momentos en los que nos separamos y, entonces, el camino se llenaba de piedras
y el horizonte se elevaba sobre una gran cuesta que se convertía en llanura al
reencontrarnos.
Gracias a ti he simplificado
conceptos, he deshecho mil enredos, he aprendido a comprender. Ahora puedo
dibujar la ilusión con cuatro trazos e identificar la esperanza al verla, soy
capaz de interpretar miradas y hay gestos capaces de conmoverme. He entendido,
por fin, que no es necesario ser el primero para ser el número uno.
Porque tú eres la única persona a
la que le debo explicaciones, la única cuya opinión es vital para mí, con la
que pasaré mis ratos buenos y malos. Sé que cuando todo se acabe, dentro de
mucho tiempo, nos sentaremos al final de ese muelle que aparece en las
películas y nos sonreiremos con la sensación del que ha vuelto a casa después
de pasar años viajando. Tú y yo, cuerpo y corazón.
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