-Se acabó-dijo ella.
-¿Por qué?- preguntó él.
-Ocurre que, después de pasar
mucho tiempo con alguien, conoces perfectamente cómo funciona esa persona.
Sabes cuál es su comida favorita, qué cosas odia hacer y dónde tiene cada
lunar. Podrías recitar el nombre de sus amigos, de su familia y de sus
deportistas preferidos. Pero, a veces, solo tienes esa lista de datos, nada más.
Cuando eso pasa, lo mejor es alejarse e intentar sacar de la cabeza lo que
nunca tuvo un hueco en el corazón.
-¿Fue eso lo que sucedió?
-Sí. Yo lo sabía todo de él y,
probablemente, él de mí; pero, a la vez, ninguno de los dos sabíamos nada del
otro. Nunca supe interpretar sus sonrisas ni jamás averigüé en qué pensaba
cuando su mirada se perdía en la distancia. Muchas veces pasa, dos personas se
empeñan en estar juntas, luchan por conseguirlo y, cuando por fin lo han
logrado y la calma se ha instaurado en sus vidas, se dan cuenta de que ya no
hay nada que los una.
-¿Y después?
-A veces nada, solo eso, vacío,
pérdida. En otras ocasiones, ocurre algo extraordinario. Te das cuenta de que otra
persona, un amigo se ha convertido en algo más, en alguien al que no quieres entregar
sólo tu tiempo, sino compartirlo con él. Una persona que, después de mucho
tiempo observándote, es capaz de hablarte con su mirada. Coge tu mano y no
pretende dirigirte hacía ningún lado, sino caminar contigo. Y lo mejor de todo,
es que no necesitas que esté ahí en todo el momento, tu vida no gira a su
alrededor. Simplemente, en algún punto, vuestras órbitas se han cruzado y
vuestros núcleos se han chocado para convertiros en una sola persona. En ese
momento sabes que las cosas han cambiado y que quieres estar con él.
-¿Es complicado?
-Eso dependerá de nosotros.
No hay comentarios:
Publicar un comentario