Recuerdo cómo le entregaba su vida como si le rembolsaran en su propio tiempo cada segundo que regalaba. La miraba y, aunque ella no se diera cuenta, los ojos de él decían todo lo que su boca no articulaba. La quería en silencio, la cuidaba en la sombra, velaba sus sueños y curaba sus heridas. Él era la barca que remaba hacia la orilla de su mar de dudas y, a cambio, solo quería que ella sonriese.
Todas las canciones le recordaban a ella, las de amor, las de amistad, las de desilusión, las de esperanza... Se perdía en el recuerdo de cada uno de los abrazos que se daban y le parecía percibir su perfume suave, lejano, como ella, inalcanzable. Su mano se tensaba y volvía a sentir el pelo de ella enredándose entre sus dedos.
La quería de un modo tan perfecto que nunca sería posible. Era como si ella fuese una idea impoluta de su imaginación y, el hecho de hacerla suya, la alejaría de él para siempre. Quería acariciar su cara pero una fuerza contraria a la de un imán tiraba de él hacia atrás y, en su tristeza, le era suficiente con cuidarla en la más larga de las distancias.
Mientras, ella tenía miedo al olvido, a la soledad, a que amaneciese un día y nadie fuese capaz de recordarla. Temía acercarse demasiado a la gente, mostrarse tal cual era y ser vulnerable, estar expuesta a ser herida y a sufrir. Pero con él era diferente, podía reír y sabía que nunca apagaría su sonrisa, podía ser ella misma sin tener miedo a ser herida de muerte. Ella le miraba intentando averiguar qué sentía él, veía la esperanza en sus ojos y, un instante después, la sombra los iluminaba, derrotados por saber que lo que ansiaba era imposible.
Se amaban en silencio, contra la gente, contra el tiempo, contra ellos mismos. Pero, en su empeño por no hacerse daño se habían entregado mutuamente sus respectivas criptonitas y cada uno tenía en su mano la facultad de destruir al otro. Cada segundo que pasaban separados les destrozaba por la necesidad que se habían creado. Pero, cuando estaban juntos las cosas no mejoraban, estaban tan pendientes de controlar sus sentimientos que la ausencia marcaba su estancia.
La frustración llenaba sus vidas, mil días de desesperanza les inundaron. Cuando estaban juntos callaban más de lo que decían por temor a destruirlo todo, a derribar aquel palacio de altas torres que habían construido. Y así, poco a poco, se hicieron daño, se causaron el dolor que siempre temieron, por miedo, porque cada vez que daban un paso que les acercaba, sus corazones caminaban hacia atrás, creando un vacío entre ellos.
Solo las personas a las que realmente queremos son las que tienen la capacidad de hacernos sufrir. Nosotros les entregamos ese poder que, una vez otorgado, es difícil de arrebatar. El miedo y la falta de confianza destruyen lo que queda en pie y nosotros nos alimentamos de las cenizas de por vida. Y así vamos viviendo, comprobando mil veces el suelo que pisamos por si está minado, pensando que así nos dolerá menos. No sabemos que hay veces que lo mejor es taparse los ojos y correr, como si mañana no fuera a llegar nunca, como si la única forma de ser feliz residiese en aprovechar ese preciso instante.
No hay comentarios:
Publicar un comentario