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jueves, 29 de marzo de 2012

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Muchas veces me he sentado frente al papel en blanco dispuesta a escribir algo que no sentía, una entrada vacía que no fuese dirigida a nadie, redactada sin motivo. Pero nunca lo conseguí, escribir sigue sacando lo mejor y lo peor de mí. Es eso, quizá, lo que más me recuerda a ti y ese es, en gran parte, el motivo por el que tienes un hueco importante en este blog.

Te miro a los ojos y te vuelvo a encontrar, después de mucho tiempo sigues allí; pero, por algún motivo, apartas la cabeza y vuelves a desaparecer, a ratos, como si quisieses ocultarme que has vuelto. Me siento bien al ver que estás ahí, que puedo tocar tu mano y sentirte y que, pese a todo, sigues a mi lado.

La brújula ha vuelto a girar, pero esta vez no sé hacia donde señala. Quizá sea porque ahora ni yo misma sé cuál es el norte y es posible que tú tampoco lo sepas. Tal vez sea necesario usar otros métodos para orientarnos: el viento, el amanecer, el atardecer… O, es posible, que deba hacer caso de nuevo a mi brújula, que ese sigue siendo el norte y que jamás me dejaría perderme.

Me gusta la tranquilidad que siento cuando estoy contigo, el hecho de no tener miedo a nada, que puedo ser yo, que no es necesario contarlo todo. Echaba de menos reírme contigo, que me contases qué piensas, mirarte a los ojos e intentar “leerte”. Sé que piensas que soy tonta, no entiendes por qué te necesito tanto, pero eres una persona demasiado importante en mi vida.

Llego a casa y pienso que no ha sido verdad, que es demasiado irreal que estés otra vez aquí. Sonrío y me alegro de no haberte perdido. Aprieto los ojos y pido un deseo: que no te vuelvas a ir tanto tiempo. Te Quiero.

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