Recuerdo que aquella noche me desperté de golpe muchas veces. Tu rostro se aparecía en mis sueños y me sonreía mientras yo rompía a llorar. Cuando abrí los ojos las lágrimas todavía corrían por mis mejillas. Me acuerdo del dolor del pecho que me impedía respirar, las tristeza, el sentido del deber luchando contra el querer.
Construí una presa en mi interior con la esperanza de que el agua no llegase a desbordarse. En los tiempos de sequía todo iba bien pero, sin previo aviso, comenzó a llover. Cada momento que vivíamos llenaba un poco más aquella infraestructura hecha con muros de cartón. Poco a poco la puerta fue cediendo y, en el fondo, sabía que se abriría por completo.
Cada día me acostaba con el alivio de haber aguantado un poco más. Me alejé, me distancié o, por lo menos lo intenté. Todos los pasos que daba en la dirección contraria a la que, en realidad, quería tomar me resultaban imposibles. Necesitaba irme para que, poco a poco, la presa se vaciase, pero, sin duda, necesitaba quedarme.
A veces, me sorprendía sonriendo al recordar algún momento, algún gesto especial que me causó un escalofrío, alguna mirada de complicidad. Tensión era la palabra que mejor lo definía todo, no poder compartir ni un segundo a solas, girar la cabeza sin aguantar tu mirada, mover la mano para evitar que la rozases.
No podía ni quería engañarte, lo había intentado muchas veces llegando incluso a mentirme a mí misma, pero nunca había funcionado. Tus ojos me observaban intentando averiguar qué ocultaba, qué callaba, qué era tan importante para no ser dicho. Agachaba la cabeza, luchando por evitar todo contacto con tu mirada. En esta ocasión el silencio era la mejor opción.
El esfuerzo dio sus frutos y la sequía volvió, los muros no corrían peligro de ceder y podía respirar más tranquila. Volví a acercarme a ti y me di cuenta de que, en cualquier momento, la lluvia volvería y esta vez no sería capaz de contenerla. Te necesitaba demasiado a mi lado y ya no tenía fuerzas para alejarte.
Pero el silencio no cesó y, lentamente, nos fue enmudeciendo, yo dejé de hablar y tú de preguntar. Nos sacamos de nuestras respectivas vidas con un corte limpio, engañándonos al creer que ya no teníamos nada más que contarnos pero, en realidad, quedaba todo por decir. Lo único que nos unía era tu mirada que, sin decir nada, seguía abriendo mi corazón en la distancia.
Así, el tiempo y la distancia que tanto sanan normalmente, se convirtieron en armas que nos herían cada día. Elegimos el camino fácil y, a la vez, el difícil, el que más daño nos hizo a nosotros pero el que menos dañaba al resto. La indiferencia se llevó todo a su paso entre nosotros, no hubo más tristeza, pero tampoco quedó ni rastro de la felicidad. Y, al final, el silencio ganó esta batalla y nosotros, los que no podíamos dejar de hablar, no volvimos a pronunciar palabra.
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