Solemos vivir entre el ruido, el “tengo que ir” y el “estoy ocupado”. Somos capaces de distinguir sonidos de alarmas, el claxon de mil vehículos, gritos, música, teclas que machacan nuestros ordenadores… En todo ese jaleo no hay espacio para el corazón, para detenerse un segundo y escucharse a sí mismo, descifrar lo que no se dice pero se piensa, lo que no se pronuncia pero se siente.
Un instante de silencio es suficiente para ver lágrimas caer, para sentir que seguimos vivos, para descubrir nuestros mayores temores. Ese “no-ruido” es el que me ha acompañado estos días y me ha hecho callar más de lo que he hablado y darme cuenta de lo que he perdido.
Lágrimas que ruedan por mis mejillas por haber dicho demasiado y haber demostrado demasiado poco. Porque tuve un momento para hacer ver que lo que decía sentir era sincero y lo malgasté. Lo que se ha ganado en esta batalla es insignificante en comparación con lo que se ha perdido. Y ahora solo queda un mal sabor de boca y la sensación de impotencia del que siente que es tarde para enmendar su error, para dar vuelta atrás.
Y aunque las sonrisas de nuestras caras intenten ocultar lo que de verdad sentimos, sé que la decepción actuará como tu muro de contención hacia mí. Sé que no me mirarás desde los mismos ojos y no alcanzo a ver si algún día podrás volver a hacerlo, a confiar en mí.
No sé si leerás esto y quizá tampoco vaya a solucionar nada, pero te echo de menos. Nuestras conversaciones estúpidas y las serias también y que, con solo mirarme, fueras capaz de hacerme llorar. Echo de menos que me contases en qué estabas pensando justo cuando estaba a punto de desistir en preguntártelo, que te rías de mí, que me cojas el móvil y te conviertas en un cotilla. Incluso, echo de menos cuando hablaba contigo como si fueras una pared, impenetrable.
Una vez más tengo que usar las palabras contigo porque los hechos me fallaron y no supe demostrar que podías confiar en mí. Otra vez tengo que decirte que eres importante para mí de esta manera y que, me cuesta horrores verte y no poder darte un abrazo. No sé, después de todo, ha sido el silencio el que me ha hecho darme cuenta de que no quiero que te alejes de mí y de que quiero que sigas siendo mi brújula.
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