Y cogí un barco, y dejé al capitán que me llevara con él. Me daba igual el lugar, no me importaba la ciudad, el país o el continente, ni siquiera el tiempo que tardase en llegar. Llegar al otro extremo del mundo no suponía un problema, alejarme de todo, abandonar mi vida a su suerte.
Las olas balanceaban mi cuerpo, el aire hacía ondear mi pelo y la suave brisa mojaba mis brazos. Miraba fija al horizonte, diciendo adiós sin la esperanza de volver, sin ser capaz de recordar un momento bonito, aunque los hubiese.
Las pesadillas me atormentaban, oscureciendo mi rostro y creando una sombra oscura en mi mirada. Lo deseaba, lo necesitaba, el pájaro por fin había echado a volar, libre, sin cadenas, dejando el peso atrás.
El barco se abría paso entre el mar, un mar que parecía una masa imposible de atravesar pero que en realidad era frágil. La noche se cernía sobre la vela mientras las lágrimas surcaban mi rostro.
Sé que las lágrimas no van a cambiar nada, los errores se han grabado a fuego en el libro de la vida. El dolor causado permanece impasible en los corazones de las personas que perdonan, pero no olvidan. Soy consciente de que mi llanto es inútil, no debí llevar las situaciones al límites, a un punto donde ya no era capaz de solucionarlo.
Nunca pensé que agradecería tanto el silencio que ahora me rodeaba, yo que siempre había huido de él. Pero ahí estaba sin escuchar nada, sola de nuevo, rumbo hacía un lugar desconocido.
La noche llegó y yo seguía en la misma postura con la que había abandonado el puerto. No era capaz de asimilarlo, no era capaz de identificar la pieza exacta que había fallado pues todas habían caído a la vez. Realmente eso ya no servía de nada. El ser humano tiene la mala costumbre de darse cuenta de los errores una vez cometidos. Puede vivir metiendo la pata años y solo reconoce que se ha equivocado cuando pierde algo importante.
Sabía que era el momento y lo dejé caer, allí, en medio del mar. Los restos de su cuerpo en forma de partículas grises volaron, la urna donde había comenzado su último viaje quedó vacía ya, todo había terminado para los dos y las lágrimas volvieron a brotar una vez más por mis mejillas. Lloraba por mi estupidez, por la suya, por la de los dos, por todo lo que había hecho que jamás volviéramos a estar juntos, incluso en sus últimos minutos.
Quizá en ese momento lo comprendí y me di cuenta de qué había sido. Hay un libro que dice: "Hay personas que pasan por la vida buscando y nunca encuentran a su alma gemela. Nunca. Tú y yo la encontramos, sólo que las tuvimos por un periodo más corto del habitual". Nosotros nos encontramos pero no supimos querernos en el momento adecuado o del modo correcto y ahora ya no está.
Él se posó por última vez sobre la superficie antes de que sus cenizas se hundiesen definitivamente en el agua. Parecía que se estaba despidiendo de mí. Sentía su mano acariciar mi pelo y su boca besar mis labios, y le oí susurrarme al oído que no me sintiese culpable. Entonces desapareció, tal y como había venido, sin hacer ruido, de puntillas, dejándome el corazón roto y dolor en el cuerpo.
Ese fue el último viaje de ambos: el de los dos juntos porque nunca más hubo "los dos", el suyo porque su corazón ya no latía y el mío porque nunca más saldría del lugar al que me condujo aquel velero. Era el precio que tenía que pagar por mi error y era mi deber asumirlo sin reticencias.


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