No podría definir el segundo exacto en el que todo ocurrió, la hora concreta en el que los muros que me había esforzado en construir alrededor de mi corazón durante tanto tiempo cayeron como si fueran de cartón.
Como un viento huracanado entró en mi vida volviéndola del revés y me hizo soñar otra vez, como antes, como si todo aquel tiempo que pasé escondida entre la oscuridad de las lágrimas no hubiera existido. Era la pieza perfecta para mi puzzle, con él sonreía a solas y no podía dejar de hablar de él. Le mostré mi heridas, que llevaban abiertas dos años, le dejé que intentara curarlas y asombrosamente empezaron a cicatrizar para mí, para él.
De pronto, sin aviso, una nueva pared se empezó a construir en un alma, pero esta vez no era en la mía. Su corazón no quería sufrir y una montaña de ladrillos se apiló frente a la última puerta que me quedaba por traspasar. La distancia y el tiempo contribuyeron a levantar todos aquellos miedos a su alrededor.
Mis viejas heridas se volvieron a abrir pero esta vez no lo hicieron por el pasado sino por el futuro que no tendríamos, las oportunidades que un puñado de kilómetros nos impedían vivir, los abrazos que nunca le daría y los besos que permanecerían por siempre en mis labios.
Y volví a esa oscuridad donde había pasado tanto tiempo oculta, segura, donde no podía amar ni ser amada, pero tampoco sufrir, sentir dolor... Y allí permanecí esperando a volver a salir, sintiendo algo que iba cada día en aumento, que avanzaba irremediablemente por mi lado mientras que por el suyo permanecía impasible.
Y lloré como solía hacer no hacía mucho tiempo, me enfadé y volví a llorar. No era justo, encajábamos perfectamente, totalmente diferentes y complementarios. Él tenía un hombro para recoger mis lágrimas y yo un oído para escuchar sus lamentos y nada le bastaba al destino. Nos había juntado a decenas de kilómetros y había hecho que esa distancia nos separase.
Hoy se me han ido las palabras, solo hay vacío en mí y me culpó de todo lo que pasó por como alguien dijo alguna vez: "La distancia no la impone la geografía sino los corazones que no saben amar". No supimos afrontar el reto que se nos presentó y preferimos jugar sobre seguro, quizá nunca tengamos deudas pero no sabremos qué hubiera sido de apostarlo todo por lo que sentíamos.
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