-->

miércoles, 14 de septiembre de 2011

[14.09.2011]

He pasado la tarde sentada en uno de mis lugares favoritos de Madrid. Rodeada de siglos de historia por los que han pasado dictadores, reyes, príncipes, princesas, papas y obispos puedo pensar en mí sin sentirme una extraña, formando parte de algo. Allí, entre gente desconocida llena de prisas, nadie sabe quién soy, qué me ha llevado a estar allí, sentada, pensando en la mejor de manera de afrontar lo que tengo delante.

Hay veces que el jaleo de mi alrededor no me deja escuchar bien a mi corazón y éste palpita más y más fuerte para hacerse notar. En algunas ocasiones es la cabeza la que levanta la voz y guía mis pasos, pero en mi interior algo sufre. Noto como me pincha el pecho, se me corta la respiración y empiezan a brotar las lágrimas de mis ojos.

Tengo ganas de gritar que sigo aquí, que no me he ido, que soy la misma que era ayer. Me gustaría demostrar que sé cómo se llora o se ríe, que sé lo que es echar de menos, sentir agradecimiento o tener esperanza  y que no hace falta decir "te quiero" para sentirlo.

Pero allí estoy, escondida detrás de unas gafas de sol, recordando alguno de los momentos que me hizo adorar aquel lugar. Las parejas pasean delante de mí y eso quizá hace que mis ánimos, un poco desmejorados hoy, prosigan su declive.

Recuerdo una clase de Historia del Arte en la que hablábamos de los pilares, su forma y cómo estos evitaban que grandes moles arquitectónicas quedasen reducidas a escombros. Quizá todo mi estado de ánimo sea simplemente una cuestión de "pilares". Tal vez, he pasado demasiado tiempo depositando todo el edificio de mi corazón sobre unos pilares externos que estaban sujetando sus propios tejados. Ahora necesito crear mis propios puntos de apoyo, interiores y míos, solamente míos.

Es la hora de irse ya; me levanto y comienzo a caminar, pero no sin antes girarme a echar un último vistazo, con la esperanza de que aparezca esa solución mágica capaz de sacarme una sonrisa hoy. Sin embargo, como suponía, allí no hay nada, la gente se ha ido yendo y solo quedan dos majestuosos que enmarcan una puesta de sol digna de postal. Y es en ese momento, con el final del día, cuando me doy cuenta de que ahí está lo que ese día había estado buscando: un final.

En cada jornada hay un ocaso que cierra una etapa,  un día completo cargado de buenos y malos momentos, pero que desde que comienza está destinado a agotarse. Hoy ese atardecer también me influye a mí. Cierra una gran etapa de mi vida, una fase en la que podía controlarlo todo. Ahora tengo que ser capaz de vivir en los márgenes de la aleatoriedad, sin por ello perder el control. Es el momento de dejar que los días fluyan bajo el sol y que el anochecer se los lleve consigo para traer otros con el alba. Ahora toca eso, madurar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario