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domingo, 25 de diciembre de 2011

Para ti señorita, porque te gustó la metáfora...

¿Cómo estoy? Cuando me preguntan que cómo me siento pienso en una carrera, pero no en una de esas en las que compiten atletas profesionales que apenas sienten dolor al llegar a meta. Más bien, me recuerda a una de esas pruebas de resistencia del colegio, que todos hacíamos obligados y los que las conseguíamos acabar lo hacíamos sin fuerza.

Recuerdo como cuando el profesor anunciaba que correríamos los doce infernales minutos, la mayoría de la clase empalidecía y buscaba escusas para no asistir a esa clase. Algunos se ponían enfermos de repente y otros apelábamos a recomendaciones médicas. Yo, sacaba mi Ventolín del bolsillo con la esperanza de que el profesor lo viese y me librase de aquel dolor.

Pero nunca lo conseguí y siempre estaba preparada cuando comenzaba la prueba. Igual que en la vida, intento, de manera disimulada, evitar los grandes obstáculos, pero siempre acabo ahí en la línea de salida.
Aunque quizá, lo que más describa mi situación a día de hoy es el momento después de la carrera. Cuando todos asfixiados nos veíamos obligados a sentarnos y coger aire porque, de lo contrario, no seríamos capaces de subir las escaleras y llegar a la siguiente clase.

Así estoy yo ahora, sin aliento, cansada de la carrera que acabo de correr y necesito sentarme un segundo, a tomar aire, a ver que hay vida después de las dificultades. Es posible que no sea la prueba más dura que exista pero a mí me ha costado como si lo fuese y me resulta imposible levantarme sin descansar un instante.
Pero eso no significa rendirme, porque sé que me esperan muchos más obstáculos como este, como en el colegio sabía que habría más pruebas de resistencia que correr. Si una vez pude conseguirlo, podré hacerlo más.

Mientras tanto, miro a la pared y veo una nueva placa que, como por casualidad, me da el más sabio de los consejos que puedo recibir actualmente: "Si puedes soñarlo, puedes hacerlo".

Feliz Navidad

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