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miércoles, 23 de noviembre de 2011

Viajar en metro

Todos los días cojo al menos tres medios de transporte: un autobús, el metro y la RENFE. En cada uno de ellos me encuentro con, al menos, 50 personas diferentes de las cuales, al final del día, recuerdo como mucho a una. Algunas de esas personas van leyendo un libro o el periódico, otras pulsan las teclas de su móvil para mandar un mensaje y otras miran por la ventanilla como buscando algo.

Me gusta imaginar las historias de cada uno de ellos. A veces, miro a los que juegan con el móvil y pienso en que podrían estar concretando una cita con la persona que, desde ese momento, les va a acompañar el resto de su vida. Otras veces contemplo el reflejo de los que miran por la ventana e imagino en qué o quién están pesando: quizá en una discusión con un amigo, en el mal día en el trabajo, en la sorpresa que van a dar a alguien, en algún viaje... Hay tantas cosas que pueden pasar por la mente de las personas que se desplazan por Madrid.

Pero también hay ocasiones en las que levanto la cabeza y me pregunto si alguno de todos esos usuarios de transporte público cumple años ese día, si alguno acaba de encontrar trabajo o, quizá, si entre ellos está el que familiar de alguien que conozco.

Y mientras pienso todo esto,  sé que alguna persona en ese vagón se fija en mí y recrea mi vida en su cabeza. No saben mi nombre, qué edad tengo ni de dónde vengo. En algunos momentos he notado la mirada de alguno de ellos sobre mí y he tenido la tentación de preguntarles qué era lo que imaginaban.

Miles de historias viajan en metro cada día, se bajan en una estación y cogen otro metro. Muchas de ellas son similares a la mía, mezcla de felicidad y de tristeza, de días malos y días buenos. Otras esconden mucho más, pasados que impactan, presentes que duelen y futuros inciertos. Pero todas ellas se ocultan en el anonimato para el que mira sus caras durante los minutos que dura el trayecto.

Por eso cuando uso el metro o el autobús no me gusta leer, ni jugar con el móvil, ni mirar por la ventana. Prefiero contemplar las caras, las muecas, a la gente y pensar qué pueden ser sus vidas. Pero, a la vez, me siento segura sabiendo que mis historias están a salvo, como las suyas; solo las miradas de los otros pueden intentar adivinarlas a pesar de que siguen guardadas en mi interior. Y ahí, entre esos desconocidos, siendo una persona más, soy más yo que nunca.

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